sábado, 8 de noviembre de 2008

Ella...

Como hacía con todos y cada uno de sus movimientos, observé casi con adoración la manera en la que se daba la vuelta y me miraba.

Sus iris negros, mágicamente confundidos y mezclados con sus pupilas, me perforaron el alma cuando se clavaron en los míos. Yo en ese momento era poco más que un vegetal consciente de sí mismo, esa DIOSA se había molestado en mover sus perfectos músculos sólo para mirarme a mí, un pobre mortal que está en este mundo porque tiene que haber de todo. No me consideraba un despojo al que había que eliminar inmediatamente, razón que hizo que consiguiera mantener la compostura y devolverla, a duras penas, la mirada.

Alcancé a disfrutar su aroma, su dulce y suave fragancia que quemaba desde la nariz a los pulmones de todo el que se atreviese a admirarla. Su pelo negro revoloteó graciosamente y se colocó de nuevo en su lugar, como justo después de la peluquería directamente se hubiese sentado delante de mí.


Entonces abrió la boca y me preparé para el cataclismo, en la décima de segundo que tardó en hablar imaginé que su voz iba a ser la más preciosa melodía del universo y lo único que iba a hacer es decir un par de palabras para que mi cerebro explotase y dejase de inoportunar a aquel monumento con mi apestosa presencia.

Cuando la primera nota musical salió de su garganta mis constantes vitales descendieron al mínimo y mi cerebro redujo sus funciones al ecefalograma plano. Sinceramente, no sé cómo pude mantener la entereza suficiente como para no permitir que la boca se me abriese y chorrease litros de saliva. Después de esa nota vinieron muchas más, que llenaron el aire que había a mi alrededor de colores brillantes. Mis neuronas no entendieron lo que dijo, se limitaron a venerar cada uno de los tonos que articulaba esa boca perfecta y a desear que no parase jamás aquel sonido celestial. Paró de hablar un segundo después de haber empezado y casi me echo a llorar allí mismo, es como si durante un instante me hubieran concedido todo lo que más deseo en el mundo para arrebatármelo cruelmente al momento.

La miré, desolado, con cara de imbécil y entonces ocurrió la cosa más sorprendente del mundo. Observé cómo sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba. Quería cerrar los ojos. Irme de allí, desaparecer, esfumarme, morirme si era necesario. Pero no podía ver eso, no era digno de tal maravilla que debería estar reservada a los más valerosos héroes. No me sentía capacitado para verla sonreir.

Pero ajena a los silenciosos gritos de súplica que la lanzaba mi sentido común, implorándola que me dejase seguir vivo, ella continuó impasible formando la sonrisa más preciosa del universo entero. Y no contenta con eso, volvió a abrir la boca para seguir torturando a mi maltrecho y moribundo corazón con su armoniosa y melódica voz. Esta vez mi cerebro prestó más atención a sus palabras:

- Perdona, no me habrás escuchado bien, ¿me puedes dejar un boli?

En ese momento me derrumbé por completo. Esa musa entre las musas, esa diva, esa venus, ese ángel se pensaba que no la había escuchado. ¿Pero cómo podía pensar eso, si hasta la más mínima variación de sus cuerdas vocales al articular sonidos había quedado grabada a fuego para siempre en mi memoria? ¿Cómo podía pensar que no la prestaba atención, si yo lo único que esperaba era que me matase ya para convertirme así en el primer hombre del mundo en morir en un estado de felicidad absoluta?

Además, estaba pidiéndome uno de mis sucios e imperfectos bolígrafos para cogerlo con sus manos. Unas manos que eran producto de la más selecta y preciosa artesanía, talladas en marfil, con el tacto de la seda y proporciones divinas, aureas...

No podía creerme que eso me estuviera pasando a mí, debía ser un sueño, una alucinación producida por mi cerebro aliado con mi corazón para hundirme del todo, no veía posible que ese SER estuviese dirigiéndose a mí de esa manera tan mundana, tan vulgar, como si estuviera yo, pobre mortal, a su mismo nivel.


En ese momento cayó sobre mí el peso de la dura realidad y en un instante comprendí mi ignorancia. Por segunda vez en menos de diez segundo estuve a punto de romper a llorar al entender que era imposible que me estuviese mirando a mí. La embriaguez producida por su presencia se convirtió en rabia y odio hacia quien fuera que estuviesen dirigidas esas palabras que yo creía mías. Me di la vuelta y miré a los dos lados para ver quién era el afortunado receptor del mensaje de esa simpar maravilla pero no vi más que a mis compañeros cabizbajos sobre sus cuadernos, anotando datos que yo no era capaz de recordar ni entender.

Volví a mirarla desconcertado, y allí seguía, con su media sonrisa atravesando mis pupilas con las suyas. Pensé en enfadarme con ella por la intensidad de su mirada, que estaba leyéndome el alma dejándome sin secretos para ella; pero no fui capaz de hacerlo; no era culpa suya ser tan terriblemente atrayente.


Un rincón de mi cerebro empezó a gritar con más fuerza que el resto y me dijo que no fuese gilipollas y la diese un bolígrafo antes de que ella pensase que me había quedado inconsciente mirándola (cosa que no distaba mucho de la realidad)

Poco a poco mi cuerpo fue reccionando; primero parpadeé por primera vez desde que ella había comenzado a moverse, luego estiré el brazo derecho para coger un bolígrafo y con el pulso de un anciano con parkinson dentro de una licuadora en un día de tormenta alargué la mano para entregárselo a mi diosa como objeto de devoción y adoración eternas.

Ella cogió el bolígrafo casi rozando la piel de mi mano (cosa que me alegro de que no hubiese pasado pues hubiera significado mi inmediato fallecimiento de un ataque al corazón) y me volvió a sonreir mientras decía:

- Gracias, guapo.

¿Guapo? ¡¡¿¿GUAPO!!?? ¿Me había llamado guapo? Descarté la posibilidad de que fuera un ángel sin alas para confirmar que se trataba de Lucifer que había llegado a la tierra con el propósito de volverme completamente loco y torturarme de la peor manera posible.

Mi increible asesina se giró para volver a adoptar su posición inicial, también cabizbaja sobre el cuaderno, con un mechón de pelo que se deslizaba por la hoja de papel acompañando al movimiento rítmico que describía su mano al copiar los apuntes que llenaban la pizarra.

Mi contacto con ella había durado menos de 30 segundos, pero para mí se asemejaba a una vida llena de dicha y felicidad en la que yo era el protagonista de mis mejores sueños.


La realidad volvió a invadirme, con su color gris y su olor a alquitrán. Dejé que mi mente volase libre durante el resto de la clase y cuando el profesor dio por finalizada la hora me levanté y me fui sin esperar a recuperar mi bolígrafo para no volver a sufrir su mirada; no quería acercarme a un imposible que jamás conseguiría.

Al día siguiente ella se sentó en otro sitio. De vez en cuando notaba como sus ojos intentaban cruzarse con los míos, pero rechacé el contacto en todas las ocasiones.

Llegó un momento en el que no volvió a mirarme. Nunca.








Hay veces en las que tenemos una oportunidad tan clara y evidente de hacer algo grande que la desaprovechamos por parecernos imposible. En ese momento no es imposible. Después sí.




Vargas.